jueves, 11 de abril de 2013

Cuatro principios para reflexionar



Para el día miércoles 17 deberán llevar el texto “Ud. se tendió a tu lado” de Julio Cortázar, cuyo enlace on line publicaremos la próxima entrada, para leerlo y analizarlo. Además no se olviden de los 4 textos breves. 

A continuación compartimos cuatro fragmentos de tres novelas y un cuento para analizar estilos y puntos de vista diferentes. 
 
El 11 de septiembre hubo un golpe militar en Chile, y asesinaron al presidente Allende, y murió mucha gente, y los aviones le tiraron bombas al palacio presidencial, y en casa tenemos una foto grande en colores donde está el palacio lleno de llamas.
El 13 era mi cumpleaños y mi papi me regaló una guitarra. Yo entonces quería ser cantante. Me gustaban los programas musicales de la televisión y me había dejado el pelo largo y con los amigos del barrio cantábamos en la esquina y queríamos formar un conjunto para tocar en las fiestas de los liceos.
Pero nunca pude tocar guitarra, porque el día de mi cumpleaños nos cambiamos a la casa de mi tía que estaba enferma y a mi papá supimos que lo andaban buscando para llevárselo preso. Mi papá le escribió después a mi tía y le dijo que vendiera nomás la guitarra porque a mi tía la echaron de su trabajo en el hospital. Allá en Chile despidieron a mucha gente de sus trabajos y las cosas ahora están muy caras.
A mí ya no me importa que hayan vendido la guitarra y que nunca pude tocarla, porque ya no quiero ser más cantante.
Ahora quiero ser escritor. En el colegio el profesor me dice que tengo pasta, pese a que no puedo escribir bien en alemán. Claro que yo pienso que eso tiene remedio, porque cuando llegamos con mi papi, mi mamá y mi hermano chico, ninguno sabía hablar alemán.
No es que ahora yo me crea Goethe, pero de defenderme, me defiendo. Además tengo una amiga alemana. Con la Edith nos vemos todos los días desde hace tres meses. Estamos en el mismo colegio, y después de clase yo voy a visitarla, y lo que más me gusta es cuando nos quedamos solos en la casa en que nos ponemos colorados de tanto abrazarnos y besarnos.
(Antonio Skármeta, No pasó nada, Bs. As. Editorial Sudamericana, 1997)


_Dos _dijo, complacido, en el momento en que Concepción, con la cucharita cargada de azúcar elevada e inclinada sobre su taza de té, lo miraba con una sonrisa inquisitiva.
Concepción dejó caer el azúcar en la taza de su marido, volvió a llenar la cucharita y después de echarla en la taza comenzó a revolver el contenido con una delicada pericia. Estaba de pie, inclinada sobre la mesita del jardín, preparando el té de su marido y el suyo. A pesar de su aire maduro, Concepción se conservaba todavía hermosa: era delgada, alta, y su piel tenía un ligero matiz oliváceo que le daba un aspecto sumamente interesante. Barrios la miraba emitiendo una sonrisa pensativa; miraba su blusita blanca, casi de niña, aplastando todavía más sus senos de adolescente, la cadenita de oro que colgaba bailoteando sobre el escote mientras ella se movía, de un lado a otro, inclinada sobre la mesa para servir el té; miraba su pollera floreada y acampanada como la de una niña y sus suaves y flexibles zapatillas rojas parecidas a las de baile. Todo lo demás, Barrios lo conocía. Suspiró con tristeza, de un modo imperceptible, sin que Concepción lo notara. Ella echaba azúcar en su propia taza en ese momento, y se sentaba en el blanco sillón de hierro forjado, enfrente suyo.
_Estás hermosa, como siempre _dijo Barrios, sonriéndole.
Concepción sonrió para sí misma, con los ojos bajos, mientras revolvía el té de su propia taza. Se cruzó de piernas con sumo cuidado, dejando entrever sin embargo parte de sus delicados muslos largos.
_Los cuarenta están muy cerca, ya _dijo sin dejar de sonreír _. Nunca puede ser como antes.
(Juan José Saer, Responso. Bs. As. Seix Barral, 1998)


Mi papá quería estudiar para Director de Murga. Pero la madre le dio dos cachetazos y lo mandó a estudiar para maestro.
Ahora es maestro de la escuela de la vuelta de mi casa. Y de otras, porque él trabaja de sol a sol, menos los cinco minutos que tiene para comer.
En el barrio le dicen “el maestro”, y a mi mamá le dicen “la señora del maestro”, y a mí me dicen “la hija del maestro”.
Las madres de los chicos siempre vienen a mi casa para pedirle a mi papá que les eduque bien a los hijos, que son unos desgraciados. Y que les pegue nomás, para sacarlos derechitos.
Mi papá a veces me lleva a la escuela y yo tengo que cuidar a los chicos y mostrarle a mi papá cuál es el chico que se porta mal, para que mi papá le ponga una mala nota. Los chicos me guiñan el ojo para que yo no le cuente, pero yo le cuento igual a mi papá para que los chicos salgan derechitos.
A mí me gusta decir discursos, igual que a mi papá.[...] un día mi papá estaba en el escenario de la escuela diciendo un discurso y vino una langosta y se le quedó pegada en la gomina y todos se empezaron a matar de risa, hasta mi mamá, que estaba sentada delate. Y entonces mi papá se ofendió y se fue.
Después en mi casa mi papá estuvo un montón sin hablarle a mi mamá, porque una señora no tiene que reírse del marido, aunque al marido se le pegue una langosta en la gomina.
(Graciela Beatriz Cabal. Secretos de familia. Bs. As. Sudamericana, 1995.)


Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la influencia. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas [...]
Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas.
Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco[...]
Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos, pasándolo por el medio de una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí con la cara levantada, amenazándonos a todos con la mano y como diciendo: “Ya me las pagarán caro.”
Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con l mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto: un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.
Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
(Juan Rulfo “Acuérdate”. En su: El llano en llamas. México, FCE, 1994)


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